domingo, 14 de febrero de 2010

Un texto de Sergio Oiarzabal


TESTAMENTO
A Arnaiz y Langarika
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Una vez perpetrado el asesinato uno reincide gustoso, y qué vasto silencio a banquete de gateada comida hoy tienen de nuevo, tras largos siglos, mis palabras. Bien apretados los nudos, ya me encargué de arrojar todos los botines al mar, aunque aún no te haya dado un último beso.
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Con tan sólo tocarte purgatorio. Cuando recordar se ha convertido en una fea costumbre, marcho sin oponer resistencia alguna al desbordamiento de las riadas, pude aplastar los más altos templos con tan sólo adelantar un paso, logré apagar aquellos cirios morados con los dedos mortecinos, pero arañaré tus pechos sin embargo, oh buen final, y tu grito sin consuelo será tan hermoso como lo son las luces de una ciudad vista desde las afueras y a la vez próxima. Mas dejo tatuado en la piel del tiempo señales de una lucha encarnizada y desaparezco, estrella fugaz, galeón derribado, animal perseguido, rudeza aclamada, poblado de voces de pasión y muertes desmedidas.
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Si he de ahogarme en la polvareda levantada por mi propia ventisca, si he de lavar con mi lengua las duraderas llagas del lamento, si he de ser apedreado al atravesar el pueblo de un destino de leyes rancias, si he de morir de sed sin alcanzar el oasis que mi ánimo presiente tan cerca, si he de perder el juicio y convertirme en la bestia enjaulada, irrisoria, que se exhibe en las plazas, si he de quedarme sin ojos por el ansia de hallar un paraje distinto al de la rendición, si he de desangrarme a oscuras en el día que aún nadie ha visto, sea ahora; ahora que estoy sembrado de emociones perennes y quisiera morir porque he de dar su nuevo fruto; ahora que leí en las vísceras de casi todas las cosas; ahora que heredé la pérdida, el fondo, lo improvisto, y unas garras más incipientes; ahora, ahora que doy patadas en el vientre de vejeces fatales, ahora que agoto las posibilidades sin número de las excusas, ahora que abro los brazos en los arrecifes para recibir la llegada de los encuentros furtivos, ahora,
vestigio último, pasarela que se derrumba; ahora que vuelvo mi espíritu, camaleón, hacia lo que será pensado, y en donde decidido entrego el porvenir, como un testigo rodado de otras alianzas, a su melodía conmovedora, víspera de anunciaciones.
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El nombre es el nacimiento primero. A merced de ser pronunciado desde tus labios cárdenos de suspiros, mi tiempo se limita a un perpetuo entierro mientras que yo, clamor que no ha de detener el fuego, flechas que siempre caen sobre la misma calumnia, exilio en el claro alumbrar de los caballos salvajes, no existo. No aún. Acaso un recuerdo inhóspito que esparce cenizas de adiós y abandona panales de avispas en la peor de las pesadillas. Ya me hice ladrón de los sueños más crueles.
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Ahora me retiro a mi zulo en el ahogo y las magias mientras te dejo, devorándote a ti misma, en el oscuro y ledo burdel del silencio, como sólo devora un Dios a cuantos creen en él.
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Nómbrame una vez, tan sólo una vez, para poder vivir al fin mi muerte
última.

2 comentarios:

Ondiviela dijo...

Ahora me retiro a leer, y releer, y releer, y releer...

Atarrabi dijo...

Este chico, con permiso, Oiarzabal, logra sensaciones literarias verdaderamente insólitas; ináudita mano de dones.