martes, 10 de noviembre de 2009

Elegía por Vicente Aleixander

WELLINGTONIA, Nº 3
(Recital al Mundo sobre el Dragón Políglota)
A Vicente Aleixandre

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La Distorsión está en el Lenguaje mismo
sea cual sea el uso que queramos dar.
Derrida
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Oh niño soñado proveniente de cósmica luz, de sed en los cueros,
te llamo desde una torre en el confín de salvajes conchas sin asueto ni días,
te llamo con la última voz que vive en el desván de las mariposas rojas,
para que vuelvas perfumado de olas a incendiar el espacio con tus constelaciones en calma,
para que vuelvas a desnudar el agua del peso iluminado de tu milagrosa boca de oro,
yo sé que me escuchas con diminutos erizos en tus uñas tras una máscara de perlas,
con corazón de caracolas donde el viento austral se vive en el infinito del nombre que susurra,
con pensamiento atormentado en cada poro por una misma ola de pájaros sin nidos,
cómo no llorarte hermano del delirio que al respirar origina únicas nubes,
cómo el mundo no llorarte para limpiar sus mejillas de cadenas, nanas negras y relojes,
pero cómo no llorarte con vestidito de niña de posguerra, con arrugas de anciano en la camisa,
pues tu voz que abrasa lo que canta es parecida a un buen manojo de ardientes peces,
y tus ojos infantes del escalofrío que esconden una batalla de profundos corales a salvo.
Todo en ti era metal o luz o beso o poso, sí,
algo de eso hizo que el caballo azul y ciego en mi paladar cabalgue
alejándose siempre el éxodo en su misma tierra, de sus límites que atesoran el vértigo,
y cuántas ganas de morir contigo (quiero decir) en el paraíso de tu fértil mano,
para que la niña negra escuche los colores, los besos, las luces, de mi última campana que repica.
Tus ojos eran del color de lo que veías,
ésa la siembra misteriosa de que fueran,
de que fueran naranjas como las melodías de los abanicos perdidos en altamar,
oscuros como el candil en el establo de las agujas a las madrugadas,
profundos como las lágrimas que siembran oraciones duras en la tierra,
y es que me gustas tanto... que no me atrevo a mirarte,
tu belleza domeña en un oasis de pulpas tan transitorio como ligero,
y no me atrevo a mirarte porque tú entre tu niebla de gemidos me harías hermoso,
porque podrían después confundirme para siempre con una escultura griega del s.IV a.C.
Por tus siglos constelan en el cielo encapuchado estrellas y caballitos de mar que te respiran,
a ti gracias el verbo se vistió de dones
y sus danzas y orgías y banquetes son conocidos más allá del tiempo,
a ti gracias no duermen, nunca duermen,
jamás duermen los amantes que fueron enterrados juntos,
todavía se acongojan de preñez los suspiros cuando la palabra alcanza unos labios,
dicen que la mar halló al fin su respuesta en la primera y repetida y única ola,
es en tu lengua de arcoiris Ma Bella Dona donde enterraría yo mi muerte,
pues la amargura destilada sin compasión alguna se enjuague ahora en otras bocas,
porque podría desaparecer el universo tras el número que abrasa la pizarra del beso abandonado,
y el tiempo estalla de amor sus edades y dominios al soñar perpetuo con tu nombre,
ay Ma Bella Dona! tu eco habitado de futuro, tu ser repleto de grandes ojos de profecías.

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